Pregón Semana Santa 2011

PREGON DE LA SEMANA SANTA DE SANLUCAR DE BARRAMEDA 2011

Escrito por D. Rafael Rey Fernández.
Pronunciado el día 10 de Abril de 2011, Domingo de Pasión.


¿Qué hacer?, ¿qué decir que ya no se haya dicho?, ¿a quién me encomiendo? ¿a Jesús del Silencio?, ¿a la Virgen de las Lágrimas? , ¿a nuestra Patrona?, ¿a las veneradas imágenes de la Virgen de mi vecindad, Soledad, Amor y Esperanza?, ¿serán éstas suficientes encomiendas para que intercedan por mi ante Dios Nuestro Señor en este trance?

¿Sabré estar a la altura de los cofrades sanluqueños para transmitirles qué es y que representa la Semana Santa de nuestro pueblo?

¿Sabré decirles que este acto es, no el pórtico, sino la confirmación segura de lo que ya está ocurriendo en las calles y plazas de nuestra ciudad, de nuestros templos. Calles, plazas y templos que se impregnan del olor, a veces también del dolor, y los sentimientos de las horas previas?

¿Sabré decirles que este acto es el punto de partida de la cuenta atrás que entre aromas de azahar e incienso, de ir y venir de la Casa Hermandad, del trajín del prioste y sus ayudantes, de cera fundida y flores frescas, de notas sonoras de cantos penitenciales y marchas cofradieras de fondo que nos conducirán, un año más y Gracias a Dios, como en volandas de la primavera, a un ya viejo pero a la vez siempre nuevo y luminoso Domingo de Ramos?

Pero, ahora que caigo, si es verdad aquello de que “el Pregón lo dicta Dios, lo escribe el pueblo y lo dice el Pregonero”, ¿para que me he de preocupar?. Pues entonces ya está, “vamo allá”. Aunque, evidentemente, tengo que concretar mi encomienda y solicitar el correspondiente amparo, y por eso te reitero una vez más:

Padre Jesús del Silencio,
por tu voluntad y
mi atrevimiento,
aquí me encuentro.
Si sale mal, tu verás.
si sale bien, ¡POR TI VA!

Sr. Asistente Eclesiástico del Consejo Local de Hermandades y Cofradías de nuestra ciudad, Rvdo. Padre D. Esteban Chacón.

Sra. Alcaldesa-Presidenta del Excmo. Ayuntamiento de nuestra ciudad.

Sr. Presidente y miembros de la Permanente del Consejo Local de HH y CC.

Sres. Hermanos Mayores y miembros de las Juntas de Gobierno.

Dignísimas Autoridades.

Queridos cofrades, señoras, señores.

CON LA VENIA:

Permítanme, que una vez despejadas mis dudas y zozobras, comience este pregón empleando una fórmula que no es fruto de la dinámica del léxico profesional sino del respeto, la consideración y, sobre todo, por el atrevimiento y la osadía que me supone el ocupar este atril en el que tantos y tan brillantes oradores y poetas me han precedido para cantar, glosar y exaltar la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo según Sanlúcar.

De obligado cumplimiento es reiterar las gracias al Consejo Local de Hermandades y Cofradías no por el alto honor que me brindan de ser el Pregonero de nuestra Semana Santa, que también y por supuesto, sino fundamentalmente por la confianza que en mi han depositado y me han trasladado de ser capaz, con mi torpe palabra de anunciar y glosar la que sin ningún género de dudas es, para este pregonero, la semana más importante del calendario sanluqueño, y no sólo para los cofrades sino que para toda la sociedad sanluqueña en general.

Agradecimiento que también he de hacer extensible a dos asociaciones que ya superan con creces esa denominación para convertirse en auténticas “instituciones” y referentes de nuestra Semana Santa: El Rincón del Costalero y El Jarrillo de Lata. De ambas me place el honor de haber participado en su fundación. Al Rincón por el entrañable y cariñoso gesto de hacerme entrega de las pastas donde guardo y guardaré ya para siempre este Pregón, pero sobre todo por ser capaces, partiendo del espíritu y las vivencias de aquella “cuadrilla de Lágrimas”, de formar y mantener un grupo cofrade que con absoluta escasez de medios mantienen a lo largo de hace ya muchos años una actividad digna de la mayor consideración y respeto. Sin duda, ello no sería posible sin la calidad humana y cofrade de sus miembros, pero sobre todo, ello no sería posible sin el amparo del manto protector más puro y blanco de la Reina del Barrio Alto, de nuestra Señora de Las Lágrimas, auténtica inspiradora de este grupo de cofrades.

Del Jarrillo de Lata, cualquier opinión mía peca de subjetividad, pero no por ello es menos cierto que de manera considerable está consiguiendo y contribuyendo a poner en alza los valores de nuestra Semana Santa, y no me refiero sólo a los artísticos o materiales, sino que también con sus boletines, actos y conferencias está dando a conocer muchos aspectos a veces desconocidos de la Semana Santa en general y de la nuestra en particular. De manera especial cumple también sus fines con el reconocimiento de los valores humanos intrínsecos de nuestra Semana Santa, a través de la anual concesión del Jarrillo de Honor a toda esa pléyade de grandes cofrades como Domingo Medina, Manolo Alcón, Manolo Vega, Juan Luis Gutiérrez, Manolo Sánchez Mejías, cofrades como otros muchos que haría interminable la lista, pero que a través de los años, con muchísimas horas de esfuerzos, trabajo y dedicación, la mayoría de las veces con absoluta discreción y en detrimento de sus ocupaciones, de sus negocios y sobre todo de sus familias, han conseguido que nuestras Hermandades y Cofradías se fueran consolidando a través de los tiempos y que la Semana Santa sanluqueña sea hoy todo un referente del mundo cofrade.

Poco me podía imaginar allá por el mes de Julio del pasado año que el destinatario del jarrillo que refresca la garganta del pregonero me fuera entregado por mis amigos y me acompañara en el día de hoy, por lo que de nuevo les reitero mi más sincero agradecimiento.

Gracias también a la querida hermandad de Jesús de la Paz y Nuestra Señora de la Victoria por el cálido acogimiento que me dispensa ron en el entrañable acto de la entrega de la pluma y la corbata.

Agradecimiento que, como no, he de extender a mi esposa por soportar tanto sábados y domingos de pregón.

Y finalmente a mi presentador, por la habilidad y la amabilidad con que acaba de disimular mis carencias y exagerar mis escasos méritos con los que poder justificar mi presencia en este atril, sin duda guiado por esa amistad y sentimientos comunes que compartimos desde hace ya algún tiempo. Gracias amigo Rafael.

EL AYER

Parece que fue ayer cuando apenas amaneciendo el día del Viernes Santo mi padre me despertaba para que, aún soñoliento, fuésemos a la calle Ancha, frente al Ayuntamiento antiguo a ver pasar al Nazareno, y tras Él, a mi madre, siempre junto a Lola. Parece que fue ayer, pero no lo es.

Parece que fue ayer cuando el Jueves Santo dos túnicas moradas y una capa blanca se extendían cuidadosamente planchadas sobre la mesa y sillas del comedor familiar. Parece que fue ayer, pero no lo es.

Parece que también fue ayer cuando por estas fechas, en el bajo de la calle Victoria nº 5 había un inusitado trasiego de personas que a veces por la casa, a veces por la ventana enrejada que daba a la calle, recogían las túnicas con colas, fajín y el escudo de la Hermandad de las Angustias que María y Matilde Pozo se encargaban de conservar y repasar durante el año. A la sazón una de esas túnicas fue la primera que vistió este pregonero. Trasiego de personas que crecía en el ir y venir a la cercana papelería de Vicente Torres donde se recogían los capirotes de cartón ya probados y realizados, o bien la cartulina, que resultaba más barata, para realizarlos en casa evitando así la mano de obra. Parece que fue ayer pero no lo es.

Como también parece que fue ayer cuando la Plaza de Santa Ángela de la Cruz y sus aledaños aglutinó el mayor número de personas por metro cuadrado que imaginarse pueda. La causa no era para menos, hacía su Estación de Penitencia por primera vez la Hermandad de Ntro. Padre Jesús del Silencio, la primera Hermandad erigida en el recientemente también erigido Obispado Asidonense. Parece que fue ayer y han pasado ya 25 años.

El ayer. Ese término, ese adverbio de tiempo, ese concepto que cuando ya se nos han caído muchas hojas del calendario nombramos con bastante frecuencia, quizá porque tengamos presente en el subconsciente aquella frase acuñada, que en ciertos casos es verdad y en otros mentira: “Cualquier tiempo pasado fue mejor“. O no.

El ayer que entiendo todos debemos tener presentes para que no se nos olvide de donde venimos, que hicimos o que no hicimos y sobre todo hacia donde vamos. Ayer que debemos de tener presente no como un lastre o carga que nos condicione nuestro actuar y nuestro devenir, sino como una referencia siempre a tener en cuenta.

Ayer, que los cofrades tampoco podemos olvidar porque sobre él esta construida nuestra realidad e incluso la necesidad de nuestra vigencia en los momentos actuales, a pesar de los “cantos de sirenas” que en ocasiones nos invaden y nos empujan a que no tengamos presentes el ayer, como si el ayer no hubiere existido, como si no fuera verdad que hace mas de veinte siglos, ALGUIEN, se hizo hombre para señalamos el camino de la luz y la verdad, aunque para ello tuviera que padecer, sufrir y morir en la Cruz, esa Cruz que desde siglos nos marca, nos identifica y nos señala como cristianos y cofrades en nuestro escudo de la Hermandad, en nuestras medallas, en nuestros pechos, al nacer y al morir, Cruz que no se trata de imponer sino de mostrar, Cruz a la que muchos, aún negándola y sin reconocerlo, por esas contrariedades innatas de la condición y la naturaleza humana, se agarran en esas situaciones graves que a veces nos sacude la vida. Jamás símbolo tan simple como dos maderos cruzados han significado tanto ni ha tenido tanta trascendencia, ¡por algo será!

Y evoco el ayer, con independencia de las inevitables referencias personales en cuanto supusieron mis primeros contactos con las hermandades y cofradías, en definitiva con nuestra Semana Santa, porque nuestras cofradías son depositarias de un legado que estamos obligados a transmitir a las generaciones futuras en cuanto fundamentan su vigencia en nuestra Fe en Cristo muerto y resucitado. De aquí el valor sacramental de la Semana Santa como celebración viva de unos misterios vivos. Por que no es anticuado ni son cosas del “ayer” la aglomeración en la Plaza de San Roque la tarde del Jueves Santo para ver la salida de la majestuosa imagen de Nuestro Padre Jesús Cautivo, ni es del ayer, porque hoy se sigue repitiendo. la larga cola de penitencia tras su paso , o tras la del Nazareno, o tras el del Cristo de los Estudiantes, o la aglomeración que también se produce en la Plaza de San Francisco para apreciar el sublime momento en que Jesús expira y exhala su último aliento; o la luz casi segadora que desprende la imagen de Nuestra Señora de las Lágrimas en su discurrir barrioalteño o al subir el Carril; o los fieles al pie de la Basílica de nuestra Patrona para ver, rezar y despedir un año más al Nazareno en la Cuesta de la Caridad; o el sobrecogedor silencio y respeto cuando el portentoso conjunto escultórico de María Santísima de Las Angustias, el Santísimo Cristo de la Veracruz, Nuestro Padre Jesús del Silencio o Cristo Yacente transcurren por nuestras calles. Sanlúcar lo prefiere así, en sus calles y plazas, en su importante entorno monumental, en la emblemática Cuesta de Belén o en la no menos emblemática Cava del Castillo, en su calle Misericordia, o Descalza, o en el Arco de Rota, en cualquiera de nuestros muchos rincones llenos de señorío, de historia y de leyendas, sean en el Barrio Alto o sean en el Barrio Bajo. Esta es la Semana Santa de una gran ciudad que ha de vivirla y la vive sin ningún complejo, la Semana Santa de un pueblo que es un significativo capítulo de la Historia de España acreditado, reconocido y señorial donde los haya, de una historia que brota de cualesquiera de nuestra calles, de nuestras casas, de nuestras iglesias y conventos, y por supuesto de nuestra imaginería y de nuestras devociones arraigadas a través de los siglos. Éste es nuestro privilegio y sobretodo es nuestra responsabilidad. En nuestras manos, cofrades sanluqueños, está luego hacer vida de lo que anunciamos en cada estación de penitencia, llevarlo a la práctica, dando así sentido y plenitud a la Semana Santa como Sacramento de la presencia de Cristo en las calles de Sanlúcar.

EL HOY

Y traigo a colación el ayer porque el hoy de nuestra sociedad, y por tanto también del mundo cofrade donde que duda cabe se encuentra inmerso, está revestido de bastante incertidumbre, de mucha confusión de mucha inseguridad, y no me refiero solamente a la consabida, y no por ello menos real, crisis económica que tanto no está marcando, que tanto paro está originando, que tantas situaciones de desesperación está crean do en las familias. Me refiero también a la pérdida de valores como la amistad, el honor, la solidaridad, la familia, la honradez, la religiosidad, la ayuda a los más necesitados, la atención, el cuidado y el respeto a los más ancianos y a los más desfavorecidos, incluso el valor a la vida, y todos esos valores que yo omita y que ustedes quieran añadir y que, mientras no se demuestre lo contrario, son los que han permitido que nuestra sociedad avance y alcance las cotas actuales, aunque en algunos aspectos no sepamos si de verdad avanzamos o retrocedemos.

Resulta curioso que cuanto mas avanza la sociedad en cuestiones como las ciencias o las nuevas tecnologías, que tan increíbles logros ha conseguido en el mundo de la comunicación impensables hace escasos años, el ser humano se encuentre más aislado, más encerrado en si mismo, más egoísta, en definitiva, más alejado de Dios.

Quizá esta pérdida de valores es lo que ha llevado al Premio Príncipe de Asturias de las Letras del pasado año, Amin Maalouf, a afirmar que “Si nos descuidamos, éste siglo recién empezado será de retroceso ético, a pesar cíe los procesos científicos y tecnológicos”.

Reflexión que es compartida por sociólogos y demás personas doctas en la materia y que traigo a colación por que las cofradías, nosotros los cofrades, ni podemos ni debernos mantenernos al margen de esta crisis de valores, antes al contrario, debemos involucramos en luchar contra la misma: porque justo, bueno y necesario, son nuestros actos de culto internos y externos a nuestros titulares, el bordado del manto y el dorado de la canastilla, la orfebrería de plata y la más afamada agrupación musical que acompañe a nuestros titulares, el exorno floral y la lista de espera para formar parte de la cuadrilla de costaleros; pero además de esto debemos ser coherentes con lo que representamos en nuestras estaciones de penitencia y en nuestros actos de culto. No podemos estar ensimismados y absortos en la belleza de nuestras imágenes ni en la riqueza de nuestro patrimonio, ni en la estética del paso-palio en cualquier “revirá”. La sociedad en general y la Iglesia en particular nos exige mayor compromiso en momentos tan cruciales como los actuales.

Hace escasas fechas hemos podido comprobar como la barbarie, la intransigencia, la depravación, la burda ola de laicismo que se intenta imponer a contracorriente tiene como consecuencia y ha protagonizado dos lamentables episodios en sendas Capillas de Campus universitarios que el pregonero, desde este atril y con el respeto que los protagonistas no han tenido, se reserva su derecho a calificar, pero que ponen de manifiesto la necesidad de que los cofrades, además de hacer cultos, sacar a nuestros titulares a la calle, organizar conciertos y todas esas actividades tan propias del mundo cofrade, tenemos la ineludible obligación de proclamar en voz alta y clara, rotunda y sin complejo de tipo alguno, cuales son nuestros principios y nuestras creencias como católicos y como cofrades y reclamar el derecho a que dichos principios y creencias nos sean reconocidos y respetados.

El hoy y el futuro de nuestra sociedad, de la Humanidad, se articula en torno a algo que a todos nos suena y que pocos nos pueden precisar qué es, en que consiste, como nos afecta, qué consecuencias tendrá. Ese algo es lo que llaman “globalización”, término decididamente marcado por un solo signo reconocible y reconocido: el económico, con lo que seguirán persistiendo las desigualdades sociales, los conflictos, el hambre y las guerras.

No trata esta globalización de fijar en el centro de sus objetivos a la persona y su pleno e integral desarrollo, antes al contrario, vemos como incluso esa desmedida capacidad de comunicación global que nos proporcionan las nuevas tecnologías están incluso agudizando la falta de sensibilidad a los problemas que afectan a todos los humanos. Estas nuevas tecnologías nos permiten presenciar en “tiempo real” las guerras, las enfermedades, las muertes, los dramas, la hambruna y todas esas penurias que asolan a nuestra “sociedad globalizada”, a los humanos, en definitiva a nuestros hermanos, y sin embargo nos son ajenas, quizá porque nos aparecen en la pantalla de la televisión o del ordenador, y por ello las situamos fuera de nuestro contexto, de nuestro entorno, incluso fuera de nuestras vidas.

Pero por mucho que nos abstraigamos de esta realidad no podemos evitarla, no debemos evitarla, están aquí. A no mucha distancia de donde nos encontramos vemos casi a diario ese tremendo drama de hombres, mujeres, en muchos casos incluso embarazadas, y niños que arriesgan sus vidas en frágiles embarcaciones y en aguas enemigas en pos de sueños que casi nunca se cumplen, en pos de la dignidad que como huma nos, como hijos de Dios aunque sean de otra religión, les corresponden y le son negadas.

El pregonero, ante esas imágenes dolorosas que con demasiada frecuencia nos presentan los medios de comunicación de esas pateras, no puede evitar un sentimiento incluso de ilegítimo reproche al máximo Hacedor. Reproche, que por su improcedencia y temeridad, inmediatamente se torna en oración y súplica al Cristo de la Expiración para que en su advocación de Cristo de los Navegantes impida que tantos seres expiren y exhalen su último aliento como Él en la Cruz, en medio del Estrecho o incluso en nuestras propias orillas.

Los cofrades, además de mostrar nuestra compasión e incluso nuestras oraciones ante tanto drama, hemos también de globalizar, pero hemos de globalizar EL AMOR, en mayúsculas, extendiéndolo además de los días del Triduo o del Quinario y de los siete días de la Semana Santa, a todos los días del año, predicar con nuestro ejemplo, y ver a Jesús Paciente, Orante, Crucificado, Nazareno, Azotado, Cautivo o Yacente, en cada mujer y en cada hombre que sufre, padece y muere, aunque ese sufrimiento y esa muerte estén lejos de nosotros, no nos afecte directamente; y ello aunque el color de la piel de esos hermanos e incluso su propia religión sea no sólo distinta a la nuestra, sino que incluso contraria, porque como alguien ha dicho, Dios es daltónico y no distingue ni de razas ni de colores.

La Semana Santa es algo único, que duda cabe. Y los es, entre otras razones, porque las Hermandades y Cofradías que la escenifican han evolucionado desde el origen gremial a que en ellas tengan cabida todo tipo de personas, a ser interclasista, a que pertenezcan a la misma personas de distinta extracción social, de distinta clase social, de distintas ideologías, de distintos niveles de conocimiento, de distintas profesiones; se aúnan en una misma hermandad, jóvenes y mayores, hombres y mujeres, médicos y obreros, estudiantes y profesionales, comerciantes y funcionarios, desempleados, pudientes y menos pudientes, en definitiva, toda la sociedad. Y ello, sin ningún género de duda, es bueno y necesario. Y lo es en función de que el signo común que ensambla tantas y tan dispares piezas, tantas y tan distintas personalidades y circunstancias, es uno sólo: EL AMOR A JESUCRISTO y a su BENDITA MADRE.

Ese es el milagro que hemos de perpetuar, prolongar, desarrollar y globalizar a lo largo del año. Esa hermandad e igualdad que ponemos de manifiesto en los cultos y en la estación de penitencia, es la que debemos practicar durante el resto del año, y no sólo con nuestros hermanos de cofradía, sino con todos. Si somos así durante una semana solo nos que da cincuenta y una para cambiar lo que de malo haya en nuestra forma de ser, en nuestra manera de actuar, porque con ello, sin duda, estaremos combatiendo esa “globalización” a que antes aludía que lo único que hace es acentuar las desigualdades y las injusticias, precisamente aquello contra lo que luchó hasta morir ESTE que en días pasearemos por nuestras calles sobre un monte de claveles o de lirios y en pasos de ricos dorados y nobles maderas.

LOS CRISTOS DE SANLÚCAR (LA MIRADA)

Hablaba antes de globalizar el amor a Jesucristo, máximo exponente de ese Amor, y aunque Jesucristo no hay más que uno y esa es una verdad verdadera, Sanlúcar, en su grandeza, en su variedad, en su particular idiosincrasia, hace que la imagen de Jesucristo se multiplique y nos haga ver los más sublimes momentos de su Pasión, Muerte y Resurrección a través de una de las mejores iconografías que puedan existir.

La sociedad actual, el mundo, tiene una imperiosa necesidad de Paz en el más amplio sentido del término. Esa Paz la representa Sanlúcar en la imagen del popularmente conocido “Señor de la burrita”. Rostro bello y sereno a lomos de una humilde burra, a pesar de su grandeza, a pesar de que la contradictoria Jerusalén en esos momentos le aclamaba y le proclamaba como un rey indiscutible y definitivo, contradicción puesta de manifiesto de inmediato cuando esos mismos que le aclamaban pedían su condena a muerte. Paz contra el horror de la guerra, de la avaricia, de la codicia, de la envidia, del rompimiento familiar, de la muerte de los indefensos aunque no hayan nacidos. Paz representada en la candidez y en la inocencia infantil de muchos de sus nazarenos, “Dejad que los niños se acerquen a mi” nos dejó dicho. Perseverancia y tesón en la necesaria búsqueda de la Paz que a mi se me antoja representada por los hermanos costaleros de su paso de misterio cuando con tan extraordinario esfuerzo suben, de una sola “chicotá”, tan emblemática Cuesta que curiosamente se llama de Belén.

Pero la Paz necesita indefectiblemente de la oración. De la oración que Sanlúcar representa con una de sus más bellas imágenes: la del Cristo Orante del antiguo Templo de Dieguinos, antiguo hospital de Caridad. Cristo sudando sangre a pesar de ser confortado por el Ángel blanco. Cristo que al cruzar el umbral de su iglesia mira al cielo implorando al Padre que aparte el cáliz de la soledad, del abandono, del dolor, del rechazo de los demás, de la angustia, y aún así asumiendo el …”no se haga mi voluntad sino la Tuya”. Pero Jesús de la Oración del Huerto, desde su privilegiado promontorio de los jardines del antiguo hospital, expande también su mirada al cielo y en sus brazos abiertos parece querer abarcar a este pueblo que lo espera, que le reza y que le implora.

Cristo nos mirará también de frente, a pesar de los azotes que le infligen los sayones sin que en sus ojos se note la menor señal de reprobación. Antes al contrario, quizá ante su mirada debamos preguntarnos si ante Él somos los sayones que con saña lo flagelamos o el impasible romano que deja hacer. Cristo de Las Misericordias que abandonó su morada del Barrio Alto dejando nombre a su calle para morar en la antigua ermita de navegantes y ser allí testigo mudo de lo que por acción u omisión los hombres a veces somos capaces de cometer o de consentir.

Tras este episodio, Cristo bajará su mirada, su humilde y paciente mirada ante la burla, el escarnio y la humillación que le asestan los hombres entronizándolo rey con una corona de espinas y una caña a modo de cetro real. Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia en su Sagrada Coronación de Espinas, nuestro entrañable Cristo de “La Cañita”, titular de la franciscana Hermandad que cada Lunes Santo nos transmite esa humildad, esa tolerancia y esa paciencia que también ha de ser norte y guía de los cofrades.

Y en la plaza de San Roque, Jesús continuará con su mirada dirigida al suelo desde su mayestática figura en señal de acatamiento a los designios del Padre para que los hombres, estos hombres a los que vino a redimir, lo hayan aprisionado, atado, juzgado y condenado. Acatamiento a la voluntad del Padre que a pesar de la naturaleza humana de Jesús no pierde un ápice de su dignidad divina. Esto lo saben los sanluqueños desde mucho antes que se fundara la querida hermandad del Cautivo y que el imaginero Eslava Rubio supiera plasmar en su obra esta devoción tan arraigada en nuestra ciudad y que se refleja no sólo el Jueves Santo sino todos los días del año con las continuas visitas a la iglesia de los Desamparados de sus fieles devotos.

La mirada de Jesús no puede perderse, no debe perderse porque en ella encontraremos remedios a nuestros males y soluciones a nuestros problemas, y así lo corroboran los muchos fieles que acuden cada viernes a sus plantas. Por ello, Jesús Nazareno de inmensa bondad… derrama su mirada sobre éste pueblo cada madrugada de Viernes Santo, y al subir la Cuesta de la Caridad parece añorar esos campos y viñas que por desgracia van desapareciendo y que le hicieron ¡El Señor de Sanlúcar! Pero al llegar a su Templo y desde su capilla, como cada día, dirige su mirada a su Madre y nuestra Excelsa Patrona, para, como corresponde a Alcalde y Alcaldesa a perpetuidad, despachar los asuntos que atañen no a sus ciudadanos sino a sus hijos.

Antes decía que la mirada de Jesús no puede perderse y que debíamos buscarla. Si no lo hiciéramos, no importa. El nos buscará y nos mirará con la mirada profunda pero al mismo tiempo serena y dulce del Nazareno Carmelitano, Nuestro Padre Jesús del Consuelo que recorre nuestras calles buscando nuestras miradas, sin querer perdernos de vista, mostrándonos su grandeza y llamándonos la atención de que a pesar de la misma, Él carga con la Cruz y que necesita incluso de ayuda humana, esa ayuda del de Cirene que trasladado a nuestras calles estaría representada en el ayer por el hombre de campo que volviera de “echar la peoná” , por el navacero que viniera de regar o por el marinero que viniera de “zafá”. Por ello, debemos decir con el poeta:

Ayudemos a ese Cristo,
carguemos con su madero,
que no se caiga en Sanlúcar
que no muera en nuestro suelo.

Y una nueva mirada, ésta, atrayente como el imán, personalista hasta el punto de que si cien la miran a la vez,cada uno dirá que lo mira a él. Mirada clara, serena a pesar del sufrimiento, mirada no se si perdida o al infinito, mirada que sin decir nada habla, y mucho, mirada que cada día miro y mirada que cada día me mira, mirada que atraviesa muros, mirada que impone silencio donde más ruidos haya, mirada de ese al que muchos llaman “Manué” y yo llamaba y llamo José, mirada de Nuestro Padre Jesús del Silencio. El silencio que impone su sola presencia y que paradójicamente supone la mayor y más fluida comunicación entre el hombre y Dios cuando ante su presencia estamos. Silencio de 25 años recorriendo nuestras calles bajo la primera luna llena de primavera, la conocida como luna de parasceve, la luna de la madrugada, la luna que pudo haber mirado Jesús, la misma que vio como le prendían en el Huerto de los Olivos y que siguió sus pasos camino del Calvario. Y un año más, para que sus veinticinco años se alarguen indefinidamente, le diremos

Vuelve Dios a hacer ciudad
con tu silente presencia
y a hacer pueblo en cada rezo
y en cada pupila ciega
que no se atreve a mirarte
porque tus ojos le queman.

Pero Cristo volverá a mirar al cielo, por última vez, y expirando y exhalando su último aliento, su último soplo de vida, todavía nos dirá: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Quizá, la mirada mas expresiva, mas sobrecogedora, mas humana de las imágenes de Cristo en nuestra ciudad, la del Santísimo Cristo de la Expiración. Ante su mirada, ante tan portentosa talla declarada monumento histórico-artístico nacional, los cofrades hemos de ver, de mirar y admirar como el Hijo de Dios hecho hombre extiende su perdón a todos los hombres a los que vino a redimir y que sin embargo le proporcionan la muerte más horrenda tras el peor de los sufrimientos.

Y Cristo no nos mirará más. Al menos con las miradas con que antes nos ha mirado. Ahora seremos nosotros los que le miraremos a Él, los que no podamos apartar nuestra vista de Él cuando la tarde del Miércoles Santo rebase el dintel de Santo Domingo la imagen del Santísimo Cristo de los Milagros. Ya todo acabó. ¡Que tremenda paradoja! que Aquel que dio vista a los ciegos, curó a los enfermos y resucitó a los muertos tenga los brazos abiertos clavados por perdonar.

Tampoco nos mirará más el Cristo Mercedario, el que antaño fuera de la hermandad de los dignatarios, de los tesoreros, de los escribanos y de los letrados de la corte ducal. Hoy, gracias a la evolución social, devoción de todos los sanluqueños por igual y sin importar su extracción social. Devoción esparcida por toda nuestra ciudad, en la antigua calle Cuna, en este mismo lugar, en el Convento de Madre de Dios y en la Parroquia del Carmen y ahora en nuestra Iglesia Mayor, devoción profunda arraigada en siglos que nos muestra a Jesús muerto en la magnifica talla del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz, ante cuya presencia el pregonero no puede y no quiere evitar recordar el magnifico poema que el insigne poeta José María Pemán dedicó al Cristo de su devoción, al Cristo de la Buena Muerte, y trasladándome a nuestra Iglesia Mayor y postrándome ante Él, decir:

Señor, aunque no merezco
que Tú escuches mi quejido;
por la muerte que has sufrido,
escucha lo que te ofrezco
y escucha lo que te pido:
A ofrecerte, Señor, vengo
mi ser, mi vida, mi amor,
mi alegría, mi dolor;
cuanto puedo y cuanto tengo;
cuanto me has dado, Señor.
Y a cambio de esta alma llena
de amor que vengo a ofrecerte,
dame una vida serena
y una muerte santa y buena.
¡Cristo de la Buena Muerte!

LAS DOLOROSAS DE SANLÚCAR

Sanlúcar es una ciudad que rebosa devoción mariana por sus cuatros puntos cardinales, Caridad, Rocío, Carmen, Esperanza, Dolores, son nombres comunes en nuestra ciudad que no vienen sino a reflejar esta devoción que además se transmite de abuelas y madres a hijas y nietas perpetuando así no sólo el nombre de lo seres queridos sino que además y por lo general la devoción a la Virgen María en cualquiera de estas advocaciones. Y por si alguna duda cupiera de la devoción mariana de nuestra ciudad, que curioso resulta que sea precisamente el Evangelista San Lucas, nuestro Patrono, el que más datos nos aporta sobre María al desarrollar con más detalle los temas de la infancia de Jesús: la Anunciación, la Visita a Isabel, el Nacimiento de Jesús, la Presentación de Jesús en el Templo donde ya le profetizan “… a ti misma una espada te atravesará el corazón…” . la pérdida de Jesús y su hallazgo en el templo. Y también es San Lucas quien nos dice que: “… María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón”.

Esta devoción mariana es luz y guía de los sanluqueños, la primera, desde hace mas de cuatrocientos años, a nuestra Venerada Patrona la Santísima Virgen de la Caridad, luz y guía de esta ciudad y Reina y Madre de los sanluqueños y hasta de los que no lo son; y también la devoción rociera, tan arraigada en generaciones enteras por el Amor a la que es Madre de Dios y Reina de Las Marismas Celestiales; la Virgen del Carmen, la Estrella y Reina de los Mares que ampara y protege a nuestros marineros que tienen en ella sus esperanzas de vencer los temporales de la mar y de la vida.

La imagen de la Virgen es, fundamentalmente, la imagen de la Madre de Dios. Pero también representa la imagen de nuestras madres, no en vano ellas también sufren por su condición de madres, y por ello la Santísima Virgen les enseña, nos enseña, a sufrir con paciencia y fortaleza las penas y aflicciones de esta vida, aceptando con amor los designios de la Divina Providencia. Cualquiera de nuestras Dolorosas, tras la Cruz, junto a la Cruz, con su Hijo muerto en los brazos o tras su Entierro, como Madre, nos expresa y encierra el conocimiento de nuestras penas, el de un pueblo que sufre:

Dolor de unos cuerpos
que sufren enfermos,
el hambre de gentes
que no tienen pan,
silencio de aquellos
que callan por miedo,
la pena del triste
que está en soledad.

El drama del hombre
que fue marginado,
tragedia de niños
que ignoran reír,
la burda comedia
de huecas promesas,
la farsa de muertos
que quieren vivir.

Así, la Virgen tiene los siguientes títulos: Madre de los hombres, Madre de la Iglesia, Abogada nuestra, Corredentora, Mediadora de todas las gracias, Reina y Señora de todo lo creado, y todas las alabanzas que contiene el Santo Rosario. Pero los sanluqueños no nos conformamos con ello, le damos mas nombres, y así…

La llamamos VICTORIA del bien sobre el mal en el corazón del Barrio Alto, en su palacio de San Miguel, y la nombramos Reina como a su hijo Cristo Rey, y sus costaleros la llaman Madre porque sin duda lo es, de los que comienzan su vocación cofrade y de los que ya la ejercen.

Subiendo el Carril, con su donaire y agrado, con dulzura y suavidad para sortear los obstáculos, la llamaremos GRACIA Y ESPERAN ZA, Reina del Hospital y de la Cava, Madre nuestra y de sus cofrades y costaleros que

El Domingo de Ramos su
Esperanza pasea
haciendo reverdecer
el verde de la arboleda
y con su bendita Gracia
a las flores colorea.
¡Bendita seas María!
¡Bendita por siempre seas
de Esperanza y Gracia llena!

En el incomparable rincón Trinitario, a los pies del acceso al corazón de este pueblo, a la “plaza”, la llamaremos Lola, no con falta de respeto sino con la familiaridad, con la confianza y con el cariño con que habla uno con su madre, con la que sabe de nuestras cuitas, de nuestros problemas, la que siempre escucha, la que siempre nos ampara, NUES TRA SEÑORA DE LOS DOLORES, la de los siete puñales clavados en el corazón, la de la “pringue”, la de los vinateros o la de los pescaeros, ¡qué mas da!, la que entre varales de plata relumbra más que el Sol, la Virgen de los Dolores, la que es Madre de Dios, la que es guapa pero valiente, la que es llorosa pero fuerte, la que a todos va empapando mientras mira y sonríe con sus lágrimas, llorando.

Y le diremos NUESTRA SEÑORA DE LAS LÁGRIMAS por que en sus lágrimas nítidas y transparentes, además de expresar el dolor de la Madre que ve como le quitan a su hijo, veremos y encontraremos también la solución a nuestros males y el faro que nos pueda guiar en este valle de lágrimas. Por ello el gran religioso franciscano y devoto de Nuestra Señora de las Lágrimas que fue el recordado Fray Alberto de Galaroza, que a buen seguro gozará de su presencia, nos dejó tan significativo poema:

Marinero de la vida,
si del norte te desvías
y naufraga tu ilusión,
en el llanto de María
navegue tu corazón.

Y la llamarnos Estrella cuando sus esforzados costaleros superan el dintel de la iglesia de los Desamparados, de estos que ante su presencia encuentra amparo y cobijo, luz y norte. Por eso no podía faltar entre los nombres de nuestras devociones marianas el de Estrella, que en su forma más clásica es Estela, la Estrella que nos guía. Hermoso entre los nombres femeninos que evocan la naturaleza: Aurora, Alba, Rocío, Nieves, Mar, todos ellos bajo la advocación de nuestra gran divinidad femenina, la Reina del cielo, María Santísima de la Estrella. Y si río arriba te llaman la Valiente, porque lo fuiste, aquí te llamamos Reina de San Roque y Reina de San Jorge bajo sones rocieros, y por eso te cantamos

“Ave, Estrella de la mañana,
Jazmín de la noche,
Luna de oro de mi Cielo,
Madre Santa de Jesús,
Espera en ti el caminante,
te sueña el que sufre y muere,
¡Ilumina. Estrella santa y pía, a quien te ama, oh María…!

Cuando no existía nada, el amor existía; y cuando nada quede, quedará el amor. ¡Es el primero y el último!.

Amor llamamos, María Santísima del Amor, a la cotitular de la Hermandad del Silencio. Virgen Dolorosa Reina del Amor, bellísima imagen de la Madre de Dios a quién el pregonero, por obvias razones, profesa una particular devoción. Amor que eleva su mirada al Cielo en indescriptible gesto no se si de dolor, si de pena, si de angustia, si de amargura o de todo a la vez, tras su Hijo que carga con la Cruz. Mirada que implora al Padre como la de cualquier madre que ve sufrir a su hijo y reza por él. Por ello, y por tu condición de Mediadora y Madre, yo te digo:

Bendice mi pensamiento,
imprégname con tu amor,
alivia mi cruel dolor
y mi duro abatimiento.
En tu seno virginal,
como con Jesús hiciste
y al enemigo abatiste,
l íbrame de todo mal.

Amargura no es nombre que utilicen las mujeres, quizá porque su significado, en cuanto contiene de tristeza, de dolor, de aflicción, de pena y de sufrimiento está implícito en la condición de mujer ultrajada como por desgracia vemos en los últimos tiempos, con independencia de cual sea su causa o su origen y sin que en ningún caso exista la menor justificación ni para el maltrato ni para disponer de la vida de nadie.

Amargura de la Madre de Dios ante estos hechos que nos deberían hacer pensar muy seriamente que ocurre en nuestra sociedad para que se haya llegado a tales extremos. Amargura por esta lacerante situación que también se expresa en los llorosos y a la vez bellos ojos de NUESTRA SENORA DE LA AMARGURA cuando en la noche sigue a su Hijo camino del Calvario.

Amarguras vas llorando
con tu pena y tu dolor,
San Juan te va consolando
y al Calvario te llevó
para ver a tu Hijo
lo que con la Cruz pasó
para libramos a todos
de sufrimiento y dolor.

(E.O.D.)

Y le diremos también MARIA DEL MAYOR DOLOR cuando sus tristes ojos derramen esas siete lágrimas que resbalan por sus mejillas; llanto profundo y sereno que mana de la mujer Madre de Dios cuando ve que su hijo, su Consuelo y su razón de ser, va camino del Calvario. En ella veremos representadas a todas las madres que por una u otra razones sufren y penan el dolor de sus propios hijos, y a veces el que estos le proporcionan. Y para que no se nos olvide que además de nuestra Madre Celestial tenemos una madre que nos engendró, nos parió y a la que debemos cuidar y no herir, miremos a Nuestra Señora del Mayor Dolor porque Ella también representa a las madres de todos y cada uno de nosotros, y digamos como la saeta:

Mírala dulce y serena
con su amargura y dolor
y fíjate en su cara morena
cuando pase por tu “lao”
tu madre del Mayor Dolor

Y del Mediterráneo nos llegó la gubia de Pío Mollar para obrar una de las devociones marianas más arraigadas en nuestra ciudad, tanto que es reina Coronada, la Virgen de la Esperanza, la Reina del Barrio marinero aunque cada vez queden menos marineros en su barrio, que se adentrará en el mismo en olor de multitudes por la muy cofrade calle Sargenta, sede de su Casa Hermandad hasta llegar a ese paritorio del arte que fue la antigua “Panadería de Isidro” desde donde le cantarán, de manera más o menos ortodoxa según se quiera entender, pero le cantarán, y en definitiva le rezarán y cantarán: Vamos Marinera, riega el Barrio de Esperanza. Y también le dirán:

Esperanza, ¡Qué guapa eres!
Esperanza, ¿quién no te canta?,
Esperanza dicen mis labios
cuando mis versos desgranan
un rosario de piropos
con encendidas palabras.

Y te adentras en mis adentros,
abiertos a tus miradas
y sonríes cuando digo:
¡Esperanza!, mi Virgen guapa,
al pie de tu camarín
como novio a tu ventana.

La tarde del Miércoles Santo, la Iglesia de Santo Domingo nos ofrecerá uno de los momentos más clásicos de nuestra Semana Santa, Nuestra Madre y Señora de las Penas contempla a su hijo muerto ya en la Cruz. Virgen de las Penas, antes de Dolores, que más da si pena y dolor es lo que produce ver a tu Hijo muerto en la Cruz. Te elevaron tu cuello y tus pupilas no sólo para que pudieras ver al Amor de los Amores, sino que también para que ante Su presencia supieras que Él te había entregado a la Humanidad y te había nombrado Co-Redentora de la Salvación, y por ello

Tiembla la tierra y llora,
ha muerto el Redentor,
junto a la cruz, Señora,
mueres en tu dolor.

Hondo penar fecundo,
grande como el amor,
todo el dolor del mundo
llora en tu corazón.

Ya no te quedas sola,
sola junto a la cruz,
somos también ahora
hijos como Jesús.

Ya no te quedas sola,
sola junto a la cruz,
Madre corredentora,
hoy nos has dado a luz.

Soledad también es un hermoso nombre de mujer, inspirador de bellísimos poemas, también de cantes que nacen del pueblo. Pero la soledad trasladada a la bellísima imagen de Nuestra Señora de la Soledad en los Misterios Dolorosos del Santo Rosario, transforma toda su hermosura, toda su lírica para convertirse en el dolor, en el pesar y la melancolía por la ausencia del Hijo muerto. Y la veremos como errante por las calles del Barrio Alto o subiendo el Carril, a solas con su soledad, con la mirada baja, absorta, ensimismada en su dolor y en su soledad, con la sola compañía del Santo Rosario Doloroso que le recuerdan a su Hijo orando en el huerto, a su Hijo azotado, a su Hijo coronado de espinas, a su Hijo con la Cruz a cuestas y a su Hijo crucificado y muerto. Y ante tanta soledad, ante tanto abatimiento, en el compasivo trance de su Soledad, en su ignorancia y en sus deseos de acompañarla y confortarla sin saber si es lo que quiere, sus hijos le dicen:

Soledad que te quiero
llenar de besos Tu cara,
Soledad que mis besos
son de versos y plegarias.
¡Soledad!, no me mires
que por Ti pierdo la calma
que me queman tus pupilas
y el corazón me traspasas.

Y la llamaremos también ANGUSTIAS cuando el Viernes Santo, cuando ya todo se consumó, recorra nuestras calles mostrándonos a su Hijo muerto. Tristeza, pena, dolor condensado en el rostro de la Madre que acoge el cuerpo inerte del Hijo en su regazo, en la máxima expresión del dolor sin límite, del escalofrío exánime, donde en su corazón no palpitan los latidos sino los gemidos. Sublime imagen inspiradora de los mejores y mas bellos sentimientos líricos y hasta musicales de los poetas y pregoneros de nuestra Semana Santa que este pregonero no se atreve ni siquiera a imitar; conjunto escultórico que causa admiración y piedad de propios y extraños por su belleza sin par.

Pero imagen que también representa, al menos para mi, los males que azotan a nuestra sociedad: las guerras que matan hombres, mujeres y niños, la droga que destruye personas y familias enteras; el abandono de nuestros mayores cuando ya son un estorbo para nuestros egoísmos y nuestras comodidades, el impedimento a la vida, la soledad de quienes más necesitan de compañía, el paro…, en todas estas situaciones siempre encontraremos a la madre, de mayor o menor edad, que en posición parecida a la de nuestra venerada imagen, mirará abajo añorando al hijo que no llegó a nacer, al hijo que mataron en una guerra entre hombres o entre el hombre y la droga, o entre el hombre y la carretera, al hijo que no la visita ni le acompaña o que la recluyó en un centro, al hijo preso o al hijo que pasa necesidades, en definitiva, Angustias de madre.

Y la soledad se acrecentará y alcanzará su máxima expresión, su más triste y dolorosa expresión, cuando la Soledad de María Santísima no pueda siquiera tener el cuerpo inerte de su amado Hijo, cuando no pueda enjugarlo con sus lágrimas, cuando no pueda ni tenerlo en sus brazos, cuando le siga en el triste cortejo de su Santo Entierro que recorre nuestras calles hasta llegar al interior de los muros franciscanos. Y entonces, a pesar de que sus hijos no la dejarán en su soledad y le acompañaran en el dolor, Ella meditará y lamentará que

Si cuando hubo descendido,
yo lo pude sujetar,
contemplar su cuerpo inerte
para poderlo abrazar.
Era el último destino
que me quedaba esperar.
Si ya no tengo el consuelo
de poderlo acariciar;
de tenerlo entre mis brazos
y de sus manos besar…
Esa.. .esa será mi agonía.
!Que no me llamen María!
¡Que me llamen Soledad!

Y con su pena y soledad y con los sublimes pero a la vez tristes acordes de la marcha Virgen del Valle, Nuestra Madre y Señora de la Soledad pondrá fin a estos días de luto y de dolor, de lágrimas y de penar, cuando tras su paso de palio y al acabar la marcha se cierre el portón de San Francisco.

Curioso templo. Entre sus viejos muros se sintetiza todo el Misterio de la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo. La Pasión representada en la imagen de Nuestro Padre Jesús del Silencio, la muerte en la imponente talla de Jesús Yacente de mi muy querida Hermandad del Santo Entierro, y la imagen de Jesús Resucitado, principio y fin de la Pasión.

Por ello, Nuestra Señora de la Soledad, tras cerrarse las puertas de su templo comenzará a sentir una extraña sensación. Sabe que su Hijo ha muerto, lo tiene bajo sus pies. Pero en frente tiene una figura que su abatimiento y sus llorosos ojos le impiden ver con claridad y nitidez quizá el transcurso de las horas deje de llorar por la sequedad de sus lagrimales le permitan ver mejor. Rendida por sus Dolores, por su Penas, por su Amargura, por sus Angustias, se nos quedará dormida.

Pero el domingo, con las primeras luces del día, la despertarán, no un fuerte temblor de tierra como nos dicen los Evangelios, sino con sonidos musicales que le permitirán ver con toda claridad que su Hijo, Aquel al que coronaron de espinas, azotaron, le hicieron cargar con una pesada Cruz y lo crucificaron hasta la muerte, ¡ha resucitado!. Y lo ha hecho siguiendo los designios del Padre para que nosotros, sus hijos, en medio de las luchas, los sufrimientos y las dificultades de cada día, pongamos nuestra mirada en éste Resucitado de la Hermandad de la Santa Cruz, Sagrada Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, María Santísima de la Paz, Santa María Magdalena y San Pedro Apóstol.

Joven Hermandad con jóvenes hermanos que tras mucho tiempo de sueños, de sin sabores, de abnegados trabajos y bajo la batuta del mi querido sacerdote D. Ángel Pérez del Yelmo, han conseguido consolidar a la Hermandad que nos escenifica la razón y la esencia de la Pasión y Muerte de Jesús: la RESURRECCION. Y por ello tenemos que proclamar:

Cristo ha vencido a la muerte,
tocad campanas tocad,
vuelva la luz sobre el día,
que ha resucitado el Señor,
como dijo al tercer día.

La rica imaginería sanluqueña nos muestra los más esenciales momentos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Pero cierto es que los cofrades también echamos en falta determinados momentos de la Pasión que también nos gustaría ver representados en Semana Santa. Y cierto es también que existen cofrades en Sanlúcar, de mayor o menor edad, con más o menos experiencia que están trabajando denodadamente por constituirse en Hermandad. Y ello, que duda cabe, es bueno y hasta conveniente, siempre y cuando la fuerza motriz que empuje a estos cofrades sea, como decíamos al principio, el Amor a Cristo y a su Bendita Madre. El pregonero, que de esto de fundar una hermandad algo sabe, os anima a ello para que no cejéis en vuestro empeño, para que continuéis con la labor que venís desarrollando, sobre todo con la Oración y fundamentalmente con la formación cristiana y cofrade para que, en su día, nuestra ya de por sí gran Semana Santa, se vea enriquecida con la Estación de Penitencia que realicen Nuestro Padre Jesús del Soberano Poder, la Sagrada Cena y Nuestro Padre Jesús del Prendimiento.

Pero también, desde la experiencia, desde el ayer que mencionaba al principio, permitidme aconsejaros que seáis extremadamente cautelosos, que vuestras ansias por crear y hacer hermandad no se transforme en la única finalidad de poner un nuevo paso en la calle, objetivo para el que a buen seguro no os faltarán “colaboradores”.

FIN DEL PRIMER ACTO

La intervención del pregonero va llegando a su fin, aunque el Pregón no termina el día de hoy. El pregón continuará, ha continuado siempre desde el Domingo de Ramos hasta que San Francisco cierra sus puertas, antes el Sábado Santo ahora el Domingo de Resurrección. Ese es el Pregón, con mayúsculas, el que protagonizan los cofrades sanluqueños en esa Semana que ya nos bulle en el corazón, que ya nos acelera el pulso, cuando realicemos Estación de Penitencia mostrando al mundo que Sanlúcar, desde siempre, sabe lo que es representar y asumir porque cree en ella, la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Pero es que además este año, el Gran Pregón, el Mejor Pregón, el Auténtico Pregón no será el que se haya dado el Domingo de Pasión. Será el que podamos ver, oír y sentir el Sábado Santo con el Santo Entierro Magno. En él volveremos a ver las miradas de Jesús, como va cambiando su rostro, volveremos a ver como nos transmite su Pasión y su Muerte, y al final, lo veremos a Él, Yacente, como no, seguido de su madre Soledad. Y todo ello en unas secuencias que a buen seguro muchos quisiéramos eternizar, y además en el incomparable entorno monumental de nuestra ciudad. Estampa inédita y única que los que tengamos ocasión de presenciarla, de sentirla y de vivirla, quizá, no volvamos nunca a tener.

Magno acontecimiento, como no, fruto del compromiso de los cofrades sanluqueños representados en su Consejo Local de Hermandades y Cofradías, cuyos miembros, con tanto acierto, han trabajado para este fin; y fruto también, en las parcelas que les corresponde, de nuestras autoridades locales que conscientes del arraigado sentir cofrade de este pueblo ponen a disposición de nuestras Hermandades y Cofradías los medios necesarios para que por primera vez en la Historia Sanlúcar tenga una Magna Procesión.

Decía al principio que dicen, que el Pregón lo dicta Dios, lo escribe el pueblo y lo dice el pregonero. Llegados a este punto he de confesaros sinceramente que, de ser así, no sé si lo manifestado concuerda con lo que Dios ha dictado y lo que el pueblo ha escrito. Seguramente que no. Seguramente que me habré vuelto a equivocar, seguramente que con mi torpeza y mi temerario atrevimiento y osadía habré vuelto a trastocarlo todo, a confundirlo todo.

Esta torpeza, junto con la evidencia de que Dios, en su infinita sabiduría, no me dotó de artes literarias ni oratorias, y Él sabrá porqué, me impiden terminar este pregón con la tradicional fórmula del “He dicho”, reservado para quienes si poseen esas dotes.

Por ello, permítanme que acabe este pregón, este primer acto del pregón, sustituyendo esa fórmula por la que empleaban los actores de las mejores obras del Siglo de Oro de nuestra Literatura:

“… PERDONAD SUS MUCHAS FALTAS”.

GRACIAS.

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